Por fin, EgiptoHalil BárcenaLas calles de la vieja ciudad de El Cairo, al-Qâhira (la Victoriosa) en árabe, están en carne viva. Y decir El Cairo es decir Egipto, del mismo modo que decir Egipto es decir el resto del mundo árabe. Tal como suena. Porque el país de los faraones es el corazón de la nación árabe, sea lo que sea dicha expresión de cuyo uso tanto han abusado unos y otros. Nadie sabe exactamente hacia dónde va Egipto, pero algo muy importante -¡por fin!- se está moviendo; algo que, dicho ya de entrada y sin embudos, nada tiene que ver con la religión, cuando nos habían repetido hasta el hartazgo, aquí y allá, que todo en el mundo árabe pasaba y, lo que es peor aún, tenía que pasar, por el islam. No. Lo veníamos diciendo en los últimos años y los hechos de estos días lo demuestran. Afortunadamente, el tiempo del islam político ya pasó, dejando tras de sí sangre, hastío y frustración. Algunos analistas, pocos ciertamente, pero muy preclaros, hablaron en su momento de "postislamismo" y, aquí, los y las de siempre, esos (y esas) opinadores que desde las ondas radiofónicas escupen bilis a diario contra el islam y les ríen todas las bromas a Israel, incluso las más pesadas, se mofaron, porque, en el fondo, ya les estaba (y les está) bien pensar que los árabes son genéticamente incapaces para la democracia; y el islam, una tradición religiosa oscurantista que anula a las mujeres e incapacita a sus fieles para la libertad. Por supuesto, dichos opinadores, que saben poco de mucho (¡de hecho lo mismo te planchan un huevo que te fríen una corbata!), no saben que está pasando en Egipto. Y es que algunos cuando no ven barbudos blandiendo coranes por las calles o quemando banderas americanas ya no saben qué decir. Pero, vayamos a lo que en verdad importa y aquí nos interesa.

Los jóvenes cairotas se han echado a la calle, a la plaza para ser más exactos, puesto que han hecho de la Plaza de Tahrîr, que curiosamente quiere decir "liberación" en árabe, la plaza fuerte de sus reivindicaciones de libertad. "Hurriya", libertad en árabe; eso es lo que reclama una juventud con mucha más formación que sus papás y que sus abuelos y que, sin embargo, carece de expectativas de futuro. Pero, ¿qué significa hoy la palabra "hurriya" en boca de la juventud cairota y, por extensión, árabe? Gritar "hurriya" es decirle no a un régimen dictatorial carcomido por la corrupción y el nepotismo. Gritar "hurriya" es reclamar el mismo bienestar que todo ser humano anhela en cualquier parte del mundo. Gritar "hurriya" es exigir la dignidad que cualquier persona por el hecho de serlo merece, máxime en un país, Egipto, donde el estado de derecho brilla por su ausencia. Pero, gritar "hurriya" es algo más que pocos aquí han entendido. Cuando los jóvenes egipcios gritan "hurriya" también están reclamando libertad para disponer de su propio cuerpo y sexualidad, algo que les equipararía a los jóvenes de otras zonas del planeta. Y es que les están diciendo a los poderes, tanto políticos como militares y religiosos, que son ellos los garantes de su propio destino y que nadie es quien para dictar con quién o cómo se han de relacionar. "Hurriya" es también libertad personal.
Los cyber-jóvenes árabes de hoy, tan dinámicos como los jóvenes de cualquier otro lugar del mundo, han crecido con la televisión por satélite, los teléfonos móviles y las nuevas redes sociales que se están tejiendo en internet a nivel planetario, es decir, están al corriente del cambio epocal que está viviendo la humanidad y no desean quedarse al margen. La inmensa mayoría de la juventud árabe prefiere invertir su tiempo navegando en la red que recibiendo rancio adoctrinamiento religioso en las madrasas, algo que a algunos aquí, que no ven más allá del islam, tanto les sorprende. Nadie sabe hacia dónde se encamina Egipto, y con él el mundo árabe, ni cómo acabará lo que en Tahrîr se está fragüando, pero estos jóvenes airados aunque henchidos de esperanza va a ser muy difícil, por no decir imposible, que acepten someterse a un gobierno continuista que signifique más de lo mismo. Tampoco aceptarán de buen grado que los militares rijan los destinos del país. Y, por último, y esto sí que representa un cambio substancial respecto a las últimas décadas de control ideológico islamista, ningún religioso iluminado les podrá hacer creer que la solución de todo está en su islam ("Al-Islam huwa al-hall", como rezaba el viejo eslogan del islam político), porque en Tahrîr, donde los laicos conviven sin mayor problema con musulmanes y cristianos coptos, también se está pidiendo que la religión sea, por fin, un asunto personal y que el islam, por fin, pueda ser vivido desde la pluralidad y no desde una sola visión obcecada. Muchas cosas al mismo tiempo, como puede verse.
Los más pesimistas y los que poco podían imaginarse todo esto, puesto que les echaba por tierra su visión roma y malintencionada de los árabes y del islam, alertan ahora sobre el peligro a la deriva islamista de Egipto. Insisto una vez más: el tiempo del islamismo político ya pasó, lo máximo que podrá darse a la larga es un fenómeno como el del islamismo turco, esto es, una suerte de democracia islámica conservadora, pero no el éxito de las opciones maximalistas del pasado. Los tiempos han cambiado mucho y con él las condiciones para que eso pueda darse. Por eso, cuando se dice que Egipto ha sido el vivero ideológico de las distintas formas de islamismo, desde los temidos -¡y hoy descolocados!- Hermanos Musulmanes de Hasan al-Banna, abuelo de Tarîq Ramadan, a Sayyid Qutub, padre del islamismo violento, debiera decirse a renglón seguido que el país del Nilo también alumbró un importante pensamiento ilustrado en la persona de Taha Husein, por ejemplo, o el primer feminismo árabe, impulsado por la activista Huda Shaarawi, figuras todas ellas que permanecen en la memoria del pueblo egipcio.

Por último, no quisiera dejar de decir algo que me parece capital, dado el sambenito de violentos que la mayoría de los medios de comunicación occidentales les han colgado a los árabes en el último medio siglo: todo hasta ahora, aunque no sabemos por cuánto tiempo, se está desarrollando de forma pacífica, a pesar de los ya casi trescientos muertos, según organismo independientes de derechos humanos. O sea que los jóvenes árabes (y con ellos las clases medias) también son capaces de hacer su propia revuelta, una revuelta democrática y anónima, esto es, con portavoces pero sin líderes, de forma no violenta. ¡Y es que cuántos tópicos están cayendo estos días desde la Plaza de Tahrîr, corazón palpitante de la lucha por la libertad del pueblo egipcio y de todos los árabes, para quien sea capaz de verlos! Ahora veremos si Estados Unidos y Europa apuestan realmente por la democracia en el Próximo Oriente o si la codicia del beneficio propio y la miopía complaciente se imponen una vez más. Sea como fuere, les ha de quedar claro a todos que esto, ¡por fin!, va en serio. Las nuevas generaciones de egipcios, en particular, y árabes, en general, no van a conformarse con meros cambios cosméticos.